Por
BAHAR KIMYONGUR

Intervención de Bahar Kimyongur, autor del libro
Syriana, la conquista continua, durante la Conferencia sobre Siria–
organizada por el Instituto Internacional por la Paz, la Justicia y los
Derechos Humanos (IIPJHR) – al margen de la 22 sesión del Consejo de los
derechos humanos de la ONU. “Aquellos que pretenden apoyar al pueblo
sirio le harán un favor muy grande el día en que se resuelvan a
describir con imparcialidad el sufrimiento de todas sus componentes.”
Señoras y Señores,
En el momento en que celebramos con rabia, impotencia y duelo el
segundo aniversario de la guerra en Siria, una enésima mirada
retrospectiva sobre la cobertura mediática no está de más para entender
el extremismo de los beligerantes que ha conducido a la descomposición
de la situación que conocemos hoy.
Hay que constatar que en los países alineados con la política
extranjera estadounidense, en especial Francia, Bélgica, los Países
Bajos e Inglaterra, sólo un puñado de periodistas ha intentado
comprender la complejidad de la situación siria, nadando a
contracorriente en un ambiente hostil, dominado como lo está, por
batallones de intelectuales sentimental y políticamente adictos a la
causa rebelde.
Desde el comienzo de la crisis siria, los observadores
independientes han pescado numerosos casos de manipulación mediática que
algunos profesionales de la información vehicularon a veces de manera
involuntaria.
Creyendo servir a la disidencia siria y someterse así a los valores
humanistas de los que se jactan ser guardianes, los periodistas serios
se han convertido en en ministros de una propaganda tan torpe como
nociva.
Los análisis minuciosos y la moderación que se esperaba de ellos
cedieron el lugar unas veces a efectos de anuncio y otros comunicados
triunfalistas cantando los éxitos militares de la rebelión, y otras
veces a panfletos incendiarios que, mediante una demagogia de
superlativos excesivos, vilipendian las prácticas represivas reales o
fabricadas de los servicios de seguridad sirios.
Por ingenuidad o convicción, por cobardía o pereza, los periodistas
se han mofado de los principios elementales de su profesión como son: la
investigación de terreno, la verificación de las fuentes o el cotejo de
la información.
Protestaron por la censura al mismo tiempo que la aplicaban hacia las voces criticando la doxa occidental sobre Siria.
Algunos de entre ellos no tuvieron miedo de caer en la caricatura o
en la calumnia para desacreditar las voces disidentes que ofrecían una
visión independiente de la situación en ese país.
Los rumores propagados en las redes sociales, como la pretendida
huida al extranjero del presidente sirio, su pretendido tren de vida
fastuoso, su pretendido plan de repliegue en un territorio alauí
imaginario o aún su pretendida retirada en un portaaviones ruso, fueron
complacientemente difundidos por seriecísimas agencias de prensa.
El entusiasmo mediático planetario fabricado a partir de salvas de
hoax anti régimen tuvo por principal efecto el de radicalizar las
fuerzas lealistas y de ridiculizar a los partidarios de una
democratización sincera de su país.
Haciendo eso, los principales medios occidentales no manifestaron el
mismo entusiasmo cuando se trataba de hablar de ciudadanos
progubernamentales desmembrados, ametrallados o despedazados por las
bombas de los rebeldes y de sus aliados takfiristas.
Las decapitaciones rituales organizadas por éstos no suscitaron la
misma indignación que las exacciones cometidas por el ejército
gubernamental. Ni las llamadas al genocidio de los alauís y de las otras
minorías « impías » lanzadas desde el comienzo de la crisis siria en
algunas mezquitas del país y mediante cadenas satélite del Golfo en
horarios de gran audiencia.
No es sino un año y medio después de las primeras manifestaciones
cuando la prensa occidental ha descubierto a los tele coranistas del
odio, como el sirio exiliado en Arabia Saudí Adnane Arour, quien se
jacta sin embargo de tener millones de adeptos en Siria y en el mundo.
No hay peor sordo que el que no quiere oír, dice un viejo adagio.
En lo que concierne a los atentados terroristas dirigidos contra
civiles, numerosos periodistas han caído en las teorías del complot mas
grotescas, acusando al bando lealista de matar deliberadamente a sus
propios hijos para desacreditar a la oposición.
Respecto a los activistas por la paz y la soberanía de los pueblos que,
en Bruselas, Paris o Londres, predican desesperadamente en el desierto,
se han visto prohibir simbólicamente toda expresión de empatía hacia los
civiles inocentes, que tenían la mala suerte de morir bajo la bandera
equivocada.
Cuando un equipo de la cadena Al Ikhbariya, la de la famosa
periodista Yara Saleh, fue tomado como rehén por el Ejército sirio libre
(ASL) durante el verano de 2012, los grupos de prensa occidentales
jugaron a los tres monos.
Ninguno de los medios dominantes, sin embargo tan proclives a
defender la libertad de la información, evocó el final trágico de Hatem
Abou Yahya, el asistente de cámara del equipo ejecutado por sus
secuestradores.
La liberación de los otros tres miembros del equipo por el ejército
gubernamental sirio no suscitó mayor entusiasmo entre nuestros
fabricantes de opinión.
Quienquiera que desee conocer la amplitud del apagón mediático que
afectó al equipo de Al Ikhbariya no tiene más que teclear el nombre de
uno de sus desgraciados periodistas en un motor de búsqueda. No se
encuentra casi ninguna huella de su secuestro.
Los horrores de la guerra fueron imputados sistemáticamente al régimen
sirio, incluso aquellos que la rebelión reivindicó orgullosamente.
Durante dos años, algunos pretendidos expertos de Siria pregonan el «
final inminente » del régimen, basándose entre otras en las
afirmaciones del Observatorio sirio de los derechos humanos (OSDH).
Según dicen, el régimen estaba « cada vez más aislado ». Estaba «
acorralado, rodeado por todas partes ». El presidente sólo contaba con «
algunos fieles corrompidos surgidos de su comunidad ».
Pareciera incluso que toda la población estaba movilizada contra la
dictadura de una « secta », un « clan », una « familia », una « mafia ».
Los días, o las horas del presidente estaban contados.
En diciembre de 2001 el ministro de asuntos exteriores israelí Ehud
Barak no daba más que algunas semanas o meses antes de la caída de
Assad. (Le Monde, 6 diciembre 2011).
El antiguo diplomático francés Wladimir Glasman alias Ignace Leverrier,
quien anima el blog de propaganda « Un œil sur la Syrie » alojado en Le
Monde creyó necesario crear un hilo de información con una « crónica de
la fragmentación del régimen ». Pero su torrente de noticias
triunfalistas se agoto rápidamente.
En agosto 2012, Gerhard Schindler, el jefe de los servicios secretos
alemán BND, va más allá que sus homólogos israelíes. Se une al club de
los profetas y oráculos declarando que (no ya los meses o semanas sino)
los días del régimen del presidente Assad estaban contados (RFI, 20 août
2012). Esta brillante predicción que data ya de más de seis meses viene
a ser lo mismo que afirmar que todos los seres vivos morirán con
certeza algún día.
El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan prometía por su parte
celebrar la victoria de los rebeldes yendo muy próximamente a rezar a la
mezquita de los Omeyades en Siria. (Hürriyet, 5 septembre 2012).
Desde entonces, mucha agua, sangre y lágrimas han corrido bajo los puentes que atraviesan el Orontes.
Las amenazas de intervención armada, el chantaje, los arrebatos de
chulería, las estrategias subversivas que van desde las operaciones «
false flags » hasta la puesta a disposición de un sobre de 300 millones
de dólares por las petromonarquias árabes para alentar a las defecciones
en el seno del gobierno sirio y del ejército, no han acabado con la
combatividad del régimen (Le Figaro, 3 abril 2012; Russia Today, 11 août
2012).
¿No resulta sorprendente que sólo una ínfima minoría de altos
funcionarios de un Estado, sin embargo tachado de venal y corrupto, haya
cedido a los cantos de sirena mancillados del Golfo y sucumbido a la
tentación pecuniaria incitada por monarcas tan barrigones como sus
barriles de petróleo?
Ninguno de entre esos señores de la gran prensa, pretendidamente
bien informados, juzgó oportuno asociar la flema del presidente sirio al
apoyo popular, en efecto difícilmente cuantificable, pero bien visible y
real, del cual disfruta y en el que deposita su confianza en el futuro.
En lugar de analizar la realidad tal cual es, los francotiradores de
nuestros medios de masas, atónitos por la actitud zen del presidente
sirio se consagraron a bosquejar el retrato psicológico de un « asesino a
sangre fría ».
Con una mala fe cuyo secreto solo ellos detentan, no vieron sino
factores externos y militares en su mantenimiento en el poder: la mano
invisible de Hugo Chávez, el armamento ruso e iraní, el apoyo logístico
del Hezbollah, el terror de los moukhabarats y de los chebbihas, la
potencia de su aviación...En cuanto al pueblo, era según ellos,
unánimemente adicto al derrocamiento del régimen.
Sólo unos raros periodistas honestos intentaron comprender cómo una
dictadura podía concentrar cientos de miles de simpatizantes en la calle
sin peculio ni bayoneta.
A las alegaciones que describían un ejército sirio desmoralizado,
respondían las imágenes de soldados de infantería vivarachos y
motivados.
Raros han sido los observadores europeos que han analizado
objetivamente la combatividad del ejército árabe sirio y del Baas sirio,
padre de todos los baasismos.
Los estrategas occidentales y sus subordinados árabes apostaban por un
desmoronamiento comparable al del régimen iraquí a la víspera de la
caída de Bagdad en 2003. En vano.
Esperaban ver a partes enteras del ejército sirio unirse a la rebelión, como pasó en la guerra civil libia en 2001. En vano.
Hace poco, Rami Abdel Rahmane tuvo que reconocer en la cadena de
información France 24 que el peso de las defecciones se sobreestima. «
Las defecciones no han pesado en el ejército sirio » afirmó. (France 24,
23 enero 2013).
En la misma entrevista, interrogado sobre la creación de las Fuerzas
de defensa nacional por el ejército sirio, una formación paramilitar de
50.000 mujeres y hombres encargada de defender sus barrios contra las
incursiones rebeldes, Rami Abdel Rahmane echó por tierra un prejuicio
más, en menoscabo de aquellos que tachan al gobierno de Damasco de «
régimen alauí ».
Efectivamente, dijo: « Esas nuevas fuerzas están formadas de
personas de todas las confesiones. (...) Simplemente son personas que
apoyan al régimen y contrariamente a lo que se piensa, hay de todas las
comunidades ».
« Contrariamente a lo que se piensa », señala. Y he aquí que la
fuente siria más creíble a los ojos de Occidente cuestiona una idea
ampliamente difundida. ¿Difundida por quién?
Por los fabricantes y traficantes de opinión que pueblan las oficinas de
redacción de nuestras gacetas, hemiciclos, cátedras universitarias,
centros de estudios estratégicos y platós de televisión.
Hoy, tras dos años de guerra sin piedad, frente a la tenacidad del
régimen y de la población lealista, las mismas fuentes reconocen
tímidamente haberse precipitado.
Dos años y 70.000 muertos después, han tenido que repasar sus exámenes.
Veamos ahora cuatro de los estereotipos mas rumiados, recalentados y servidos hasta la saciedad por nuestros medios mainstream.
Teoría n°1:
Al comienzo, el movimiento sirio de contestación era pacifico.
Es verdadero y falso a la vez. Varias decenas de manifestantes
pacifistas fueron torturados y asesinados, especialmente en Deraa. Ese
terrorismo de Estado es injustificable. Pero desde el comienzo de la
contestación, las fuerzas de seguridad fueron igualmente el blanco de
disparos provenientes de los manifestantes. Numerosos policías y
militares fueron asesinados bajo las balas de los opositores desde los
primeros días de la contestación. Se descubrieron redes de túneles y
escondites de armas, inclusive en mezquitas. La tesis de la implicación
de una « tercera fuerza », compuesta por elementos infiltrados y
provocadores, nunca ha sido evocada por la prensa occidental. Por otra
parte, llamadas al odio anti alauí, anti cristiano, anti chií y anti
iraní fueron pronunciadas durante varias manifestaciones, en especial en
Jableh, Idleb et Jisr Al Choughour. Los sonidos e imágenes de esos
motines disfrazados en manifestaciones pacificas para la destinación del
publico internacional abundan en la red, pero los medios mainstream no
le prestaron apenas atención.
Teoría n°2:
el extremismo religioso no existe en Siria. Y si existe, es el régimen quien lo ha fabricado.
Doblemente falso. Aunque la aplastante mayoría de los musulmanes suníes
sirios rechazan el extremismo religioso, no por ello no se trata de una
amenaza bien real, tanto para los musulmanes como para los no
musulmanes. El takfirismo, esa versión facticia y fascista del Islam
constituye desde siempre una amenaza existencial tanto para el
nacionalismo árabe como para la cohabitación pacífica entre las
comunidades religiosas. Los takfiristas sirios consideran efectivamente
el baasismo como una causa comunista, atea y perversa que hay que
combatir sin piedad mediante el yihad. Las creencias surgidas o
inspiradas del Islam como el chiismo, el alauismo o el ismaelismo están
en el mismo barco, al igual que el cristianismo o el judaísmo. Varios
imames suníes sirios han sido asesinados por los takfiristas ya que se
les juzgó desviados o progubernamentales. Un ejemplo reciente, el cheikh
Abdoullatif al Jamil fue asesinado por los rebeldes en la mezquita de
Salahaddin en Alepo a principios de este año.
Dos fuentes de inspiración se encuentran a la disposición de los
islamo-fascistas sirios y extranjeros : los textos antiguos como las
fatwas del teólogo sirio medieval Ibn Taymiyya y las cadenas satélites
tele coránicas del Golfo como Iqraa TV, Wessal TV, Safa TV, Quran y
Kerim TV que, sin interrupción, destilan el odio anti-chií, anti-iraní,
anti-Hezbollah y anti nacionalismo árabe. Adnan Arour y todos los demas
predicadores de odio se benefician de una cobertura mediática planetaria
desde mucho antes que la « primavera siria ». Los yihadistas instalados
en territorio libanés bajo el impulso del clan Hariri, apoyado a su vez
por los saudíes desde los acuerdos de Taëf, que pusieron fin a la
guerra civil libanesa (1975-1990) juegan un papel de primer orden en la
fragmentación de la sociedad siria sobre una base religiosa.
Las confrontaciones entre el régimen laico sirio y el takfirismo
tienen una larga y sangrienta historia. Culminaron con la masacre de
Hama en 1982. Las minorías fueron varias veces el blanco de masacres de
carácter sectario. El atentado que tuvo como objetivo el mausoleo chií
de Saida Zeinab en Damasco por parte de los terroristas de Fatah al
Islam el 27 de septiembre de 2008 prefiguran la guerra sectaria
actualmente dirigida por la rebelion takfirista contra el gobierno de
Damasco y sus apoyos populares.
Teoría n°3: el régimen sirio es alauí
Archifalso. Esta alegación simplista es, por añadidura, una ofensa para
todas las partes en conflicto. Es una ofensa para los numerosos
ministros, diputados, dirigentes de sindicatos y de cuerpos
profesionales, jefes de estado mayor, oficiales superiores y medios,
soldados, policías, y otros cientos de miles de funcionarios no alauíes.
Es igualmente una ofensa para los numerosos opositores alauís que
luchan contra el gobierno. El origen alauí del presidente sirio y de
algunos miembros de su entorno no hace del Estado sirio un « régimen
alauí ». Siria es un Estado culturalmente marcado por el Islam suni de
rito hanefí y a la vez el único Estado laico del mundo árabe. La
laicidad siria está consagrada por una formula omnipresente en boca de
los sirios: Al din la Allah wal watan lel jemi’ : « La religión es de
Allah y la patria es de todo el mundo ». Curiosamente, ningún medio ha
oído hablar de este principio fundamental que hace de Siria un remanso
de paz intercomunitario.
Pero a esos mismos periodistas no les importuna utilizar los mismos
términos que los yihadistas relacionados con Al Qaeda para calificar al
Estado sirio. Ven privilegios alauíes en todas partes. Sin embargo, los
alauíes viven la mayor parte con medios precarios y ni siquiera se les
reconoce oficialmente como a una comunidad religiosa. Bajo la
presidencia de Bachar el Assad, cerca de 5.000 mezquitas suníes y 250
iglesias han sido construidas o restauradas. En cambio, jamás el Estado
sirio dedicó un solo céntimo al mantenimiento de los lugares santos
alauíes ni a la remuneración de los cheikhs alauíes.
La obsesión de algunos medios y expertos en querer designar su
enemigo por su identidad étnica o religiosa es sintomática de ese viejo
reflejo racista y colonial que consiste en inferiorizar al otro
encerrándole en una identidad simplista, englobante, despersonalizadora y
llegado el caso claramente estigmatizante.
Estigmatizante, puesto que algunos medios occidentales y yihadistas
tienen a los alauíes por colectivamente responsables de los crímenes
cometidos por escuadrones de la muerte progubernamentales sin embargo
surgidos de todas las comunidades del país. Nos parece normal decir « el
presidente alauí Bachar el Assad » pero nos chocaría si alguien dijese «
el ministro judío de los asuntos exteriores Laurent Fabius ».
Teoría n°4:
La rebelión es popular. Al ejército se le detesta.
Tesis mitad verdadera y por lo tanto mitad falsa. Esta teoría
ampliamente difundida en Occidente sin embargo fue desmentida por los
líderes del Ejército sirio libre.
Interrogado por la agencia Reuters, Abou Ahmed, jefe de una milicia de
la Brigada al Tawhid activa en Alepo desde julio de 2012 declara: « El
ESL ha perdido su apoyo popular ».
Estima que el 70% de la población de la ciudad es progubernamental (Yara
Bayoumi, Reuters, 8 janvier 2013). En varios barrios alepinos
administrados por la rebelión, la población se queja de actos de pillaje
y de malos tratos infligidos por las milicias del ESL. La población
excedida se manifiesta con regularidad a los gritos de « ESL ladrones,
queremos al ejército regular » (Jaych al Hour harami, bedna jeych el
nizami).
Del otro lado de la barricada, la población solicita constantemente al
ejército. Basta con visionar las cadenas televisuales gubernamentales
para darse cuenta de la importancia de esa otra realidad siria. Se ve a
los soldados acogidos como héroes, alimentados y halagados por la
población.
Si los medios tomasen ejemplo de Anastasia Popova o Robert Fisk, si
se tomasen la molestia de mirar lo que hay detrás del escenario, si
fueran a interrogar a los millones de sirios progubernamentales, neutros
o no politizados, si se dieran cuenta de que esos ciudadanos prefieren
permanecer bajo la protección del ejército y bajo la administración
gubernamental, que les asegura los medios de subsistencia: un salario,
una jubilación, cuidados médicos, enseñanza, etc.
Las mentiras y medias verdades en lo que concierne a Siria son tan numerosas que elaborar una lista sería un verdadero desafío.
Aquellos que pretenden apoyar al pueblo sirio le harán un favor muy
grande el día en que se resuelvan a describir con imparcialidad el
sufrimiento de todas sus componentes.
Quizás ese día, los sirios lleguen a sobrepasar sus diferencias y a
encontrar las vías de la reconciliación, única condición de su
supervivencia como pueblo libre.
Ginebra, 28 de febrero 2013